Mafia regresa con una historia brutal y un homenaje a la mejor película de todos los tiempos. Reseña de Mafia: The Old Country, un viaje al oscuro corazón del crimen

Mafia regresa con una historia brutal y un homenaje a la mejor película de todos los tiempos. Reseña de Mafia: The Old Country, un viaje al oscuro corazón del crimen

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Ayax Bellido

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Ayax Bellido

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Escribo sobre videojuegos y anime, y me siento muy afortunado por ello. Editor en 3DJuegos LATAM. ¡Llegó el momento de la espada y el hacha, llegó el momento de la locura y el desdén!

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Cuando Hangar 13 anunció Mafia: The Old Country, muchos lo vieron como una suerte de spin-off menor, alejado de los grandes entornos de Empire Bay, Lost Heaven o New Bordeaux. Sin embargo, una vez terminado el juego, puedo asegurar que lo que encontrarán en esta entrega no es un derivado, sino una pieza esencial que se puede convertir en el corazón latente de la franquicia. Es la sangre antigua que corre por las venas de la mafia. Tuvimos la oportunidad de viajar a esta recreación de Sicilia, Italia a principios del siglo XX, donde ser un villano es más que un juego, es un espejo de una pequeña sociedad que basa sus códigos de comportamiento en el honor, la familia, el legado, y por supuesto, el crimen.

Una narrativa que se abre paso entre las sombras

La historia de Mafia: The Old Country no reinventa la rueda, pero sí la pule con respeto, evocación y detalle. Enzo Favara es su eje: un “caruso” (apenas un adolescente) vendido a las fauces de las minas de azufre, que escapa sólo para descubrir que el mundo, incluso lejos del yugo, sigue siendo una jaula. Su llegada al seno de la familia Torrisi es una declaración: en esta tierra de sol hiriente y silencios densos, se sobrevive no por justicia, sino por pertenencia.

El guion bebe con elegancia del canon mafioso de la literatura y el cine. Hay mucho de El Padrino, de la novela de Mario Puzo, pero sobre todo de las películas de Coppola, con ese tipo de historia que se cuece a fuego lento entre sombras y vino tinto. Está el ascenso desde la nada, el peso del apellido, las lealtades que se deshacen, las traiciones con aroma a olivos y uva fermentada. Y está el amor. Siempre el amor. Porque incluso en este mundo de pactos de sangre, una mirada basta para encender la chispa que lo complica todo. Y Enzo se ha enamorado de Isabella, la hija del Don, en una atracción imposible y fatal, un amor destinado al fracaso, pero por el cual valdrá la pena jugarse la vida.

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Enzo no es ni héroe ni villano. Es un alma errante, moldeada por la violencia y la necesidad. Sus ojos son el vehículo emocional del juego y a través de ellos conocemos una Sicilia de contrastes: bella como una postal, cruel como una sentencia. El paisaje decora pero al mismo tiempo condiciona: cada callejón, campo y convento de los pintorescos pueblos que componen la región guarda secretos.

Pero si algo hace que Mafia: The Old Country se gane su lugar dentro del legado de la saga, es que entiende lo esencial: el corazón de Mafia nunca estuvo en los tiroteos ni en los sobornos. Está en el silencio antes de la tormenta, en la tensión que precede a la traición, en esa escena estática donde un personaje sella su destino. La saga siempre fue tragedia disfrazada de thriller. Y aquí, ese espíritu sigue vivo, latente y palpitando en cada línea de diálogo y plano detenido. Porque esta es más que una historia criminal, es, como en toda buena narrativa de mafia siciliana, una epopeya sobre familia, culpa y, ese peso imposible de escapar que algunos llaman honor.

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Un pueblo que canta con voz propia

Sicilia no es simplemente un escenario dentro de The Old Country. Es un corazón que late y una herida abierta en el mapa, con cicatrices que huelen a vino agrio, a tierra seca, a cenizas del Etna y a sangre familiar. Hangar 13 no elige Sicilia como marco narrativo por puro capricho estético ni por la conveniencia de una postal pintoresca. La elige como quien regresa al hogar para comprender de dónde viene, como quien busca en los rostros curtidos del pasado sus orígenes, como quien quiere descubrir en la piedra caliente de los pueblos olvidados, las respuestas a una historia de violencia y redención que aún se escribe con las manos manchadas de sangre.

Desde el primer momento en que ponemos un pie en las colinas sicilianas, el juego nos susurra que estamos en tierra antigua que no olvida. Veredas empedradas, callejones apretados en las aldeas pesqueras, templos de piedra que emergen como fantasmas del Imperio Helénico: todo en The Old Country transpira autenticidad. No esa autenticidad museística, congelada en el tiempo, sino una más vivida y vibrante. Sicilia, aquí, es una entidad que respira y se lamenta, que canta y llora. Es, sin exagerar, uno de los logros más impresionantes del juego y un auténtico agasajo para todos aquellos que aman las historias de la mafia más icónica del mundo.

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El trabajo artístico y de dirección es asombroso. La arquitectura no se limita a reproducir fachadas bonitas para cumplir con la estética italiana; los espacios tienen alma. Las paredes están llenas de grietas que narran su propia historia. Las iglesias abandonadas, los campos áridos con olivos centenarios, los patios interiores donde una madre grita desde la ventana y el pan se amasa con manos duras, son pequeños altares a la memoria colectiva. Todo en este mundo está colocado con propósito, intención narrativa y respeto a la herencia.

Cada rincón de Sicilia cuenta una historia, una herencia que trasciende a la mafia

Este respeto se traduce también en el modo en que los NPC habitan el espacio: caminan con un ritmo que no responde a la eficiencia del algoritmo sino al pulso del entorno. Se sientan a fumar, discuten con gestos grandes, se detienen a mirar al jugador con recelo o con complicidad. Cada conversación robada al pasar o trozo de diálogo que flota en el ambiente, contribuye a esta ilusión de vida. Sicilia se siente tan real que, por momentos, el crimen organizado parece una simple excusa para explorarla.

Y eso, de hecho, es parte de la genialidad del diseño: el crimen no opaca al paisaje. Lo atraviesa, contamina y modifica, pero no lo devora. En lugar de imponerse, el conflicto narrativo nace del mismo suelo que pisamos. Los viñedos de Don Torrisi son una metáfora perfecta del legado mafioso: fértil en apariencia, podrido en las raíces. Los pueblos mineros, cubiertos de hollín y desesperanza, son el caldo de cultivo donde la injusticia florece con nombres de familia. Sicilia no es la forma ni el fondo; es el origen.

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En cuanto al diseño del mundo abierto, The Old Country apuesta por la densidad en lugar de la escala. Su mapa no compite con los sandbox modernos en kilómetros cuadrados, pero gana en cada centímetro por la cantidad de historias que se pueden encontrar. Los caminos de tierra que serpentean entre colinas polvorientas, las cantinas oscuras donde se amasan lealtades y traiciones, los cementerios escondidos tras iglesias derruidas: cada rincón guarda un secreto. Y el juego, sabiamente, nos invita a explorar no sólo con el movimiento de nuestros dedos en el control, sino con los sentidos bien dispuestos.

El modo de exploración libre, los coleccionables, las opciones de personalización de autos, caballos y hasta del mismo Enzo, funcionan como instrumentos que refuerzan el lazo entre jugador y territorio. Subirse a un viejo auto modificado para cruzar la costa, cabalgar al atardecer por un sendero entre pinos, o encontrar una carta escondida detrás de un altar son actos de intimidad con el entorno. Se trata de de habitar Sicilia en toda su complejidad.

Y aunque el juego no se atreva del todo a contar la génesis real de la Mafia (quizá por pudor histórico o por elección narrativa), sí deja que la tierra hable por sí sola. Hay una poesía cruda en el modo en que nos hace caminar sobre las huellas de generaciones perdidas. Hay una verdad incómoda en la manera en que muestra la violencia como una herencia que se transmite con el apellido. Pero también hay belleza: una que paradójicamente es triste, melancólica y profundamente humana.

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La artesanía detrás del crimen

En toda obra que aspira a la inmortalidad (ya sea en el cine, la literatura o, en este caso, los videojuegos) hay un momento en que el artificio debe volverse invisible. Una línea borrosa donde la técnica se diluye en la experiencia y deja de percibirse como construcción. The Old Country, en su mejor versión, logra rozar esa frontera. Pero también, lamentablemente, la traiciona.

A nivel técnico, es una criatura con dos almas. Una excelsa y pulida, que sabe vestirse de gala; otra, torpe y desmañada, que deja caer sus costuras. En lo más alto de su propuesta audiovisual, el juego alcanza una potencia cinematográfica que evoca a Visconti y a De Sica: los encuadres cargados de simbolismo, la luz que atraviesa los campos de trigo con melancolía, y los interiores con ese aire apagado, gris, como si el polvo del tiempo los hubiera amordazado. La dirección de arte no se limita a crear belleza: narra, insinúa, construye historia. Hay una intención poética en cada rincón de San Celeste.

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La banda sonora es, sin temor a la exageración, la mejor de toda la franquicia. Un desfile de temas que mezclan cuerdas melancólicas con motivos folclóricos italianos, piano solitario con guitarras nostálgicas, y silencios bien colocados que hablan más que cualquier melodía. Un soundtrack que merece estar en tu lista de reproducción de Spotify. Más que música de fondo; es un diálogo paralelo, una confesión susurrada por el propio juego. El mismo nivel de prolijidad se alcanza con el diseño de audio: moscas volando sobre la carne putrefacta, los pasos sobre la hierba, el motor de un auto que ruge y la intensidad de un disparo, todo ha sido cuidado a detalle.

El juego logra brillar con su diseño artísitco, pero se tropieza en su rendimiento

Pero como si se tratara de un traje mal cosido, esta excelencia no logra mantener la coherencia. Donde la dirección artística brilla, el apartado gráfico tropieza. En su versión de PC (al menos al momento del análisis) The Old Country sufre de inconsistencias que hieren la inmersión. Texturas que no cargan a tiempo, rostros que mutan sin intención artística, y tirones intermitentes que quiebran el ritmo como un pianista que olvida las notas. Es un contraste frustrante, y aunque muchos de estos defectos parecen más problemas de optimización que de diseño, siguen siendo pecados que manchan la experiencia, al menos en su lanzamiento.

Afortunadamente, el juego encuentra algo de redención es en su jugabilidad. Aquí no hay revoluciones y de hecho, es algo continuista con lo que vimos en los respectivos remakes de Mafia I y II, pero sí una artesanía más refinada y segura de sí misma. El sistema de combate ha sido retocado con un bisturí: se siente más físico, crudo e íntimo. Los golpes tienen peso, los disparos sacuden la pantalla con un realismo contenido, y los duelos cuerpo a cuerpo (todos con cuchillo como marca la tradición siciliana), son auténticas coreografías de violencia. Cada enfrentamiento se convierte en un pulso de nervios y reflejos, un ballet de sangre entre decisiones rápidas y movimientos medidos.

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El sigilo, por su parte, ha dejado de ser un complemento tímido para convertirse en una mecánica con identidad propia. Hay tensión real al infiltrarse en las villas costeras o en las mansiones vigiladas por matones. Eso sí, también aquí hay inconsistencia (tanto en el sigilo como en los tiroteos), pues la IA de los enemigos es muchas veces un tanto errática, haciendo que el desafío baje de forma considerable, algo que con sus antecesores no ocurría. Hay enemigos que caminarán directo hacia ti en un tiroteo, y otros que parecieran tener ceguera en las misiones de sigilo.

Los autos, por su parte, son más que herramientas de huida. Rugen con personalidad, y cada uno tiene un manejo distinto, una especie de lenguaje mecánico que se aprende con el tiempo. El capítulo dedicado a las carreras es, sin duda, un guiño al legado de Mafia, y una de las secciones mejor diseñadas del juego. La pista, que serpentea entre montañas, olivos y pueblos de piedra caliza, es una postal en movimiento. Una pausa dentro del crimen, una exaltación de la velocidad como libertad.

Otro elemento que The Old Country mantiene con relación a sus antecesores, es la estructura lineal de las misiones. Hablamos de una historia que no tiene misiones secundarias y solo unas cuantas encomiendas opcionales, por lo que no te llevará más de 15 horas terminar con la historia principal. Se puede alargar si deseas encontrar todos los coleccionables (como periódicos de la época), obtener todas las ventajas de Enzo (que son los amuletos para su rosario) y demás artículos de personalización.

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En resumen, The Old Country es técnicamente irregular, pero nunca mediocre. Tiene picos de genialidad artística que deslumbran, y errores técnicos que desentonan. Jugablemente, es una obra sólida, que no se arriesga a reinventar pero que pule cada engranaje con dedicación. Es, como el crimen que narra, una combinación de belleza y brutalidad. Un crimen cometido con estilo, aunque con algunas manchas de sangre mal limpiadas.

¿Vale la pena Mafia: The Old Country?

Hangar 13 ha puesto sobre la mesa un juego que se abre paso con una fuerza y una honestidad inusuales. Uno que no busca la comodidad del fan service vacío, ni la explotación fácil de nostalgia superficial. Sí, hay guiños sutiles para los veteranos, rostros familiares que emergen como balas perdidas en medio del polvo y la sangre, nombres que evocan historias anteriores y despertarán un nudo en la garganta del fan de siempre. Pero este juego no se sostiene en ese legado como un anciano en su bastón. Lo honra con respeto, lo expande con inteligencia y lo nutre con pasión.

Mafia: The Old Country no es la historia del origen de la Mafia como institución. No pretende desentrañar los mitos ni revelar las raíces ancestrales de una organización que se perdió en la bruma del tiempo. Más bien, es el origen de algo nuevo dentro de la saga: un renacimiento, una declaración clara de principios, un regreso a la narrativa clásica en un mundo que persigue lo efímero y lo espectacular como un niño tras los fuegos artificiales. Aquí no encontraremos explosiones por el simple placer de la destrucción, ni espectáculos visuales vacíos que obnubilan y agotan. Hay fuego lento, una cocción pausada que libera aromas complejos y profundos, un drama guisado a leña que nos recuerda la belleza de las historias que se cuentan con paciencia y precisión.

Ya seas un recién llegado a la saga o sigas los pasos de la serie desde 2002, The Old Country nos recuerda que el verdadero poder de los juegos no está en la tecnología ni en la espectacularidad, sino en la capacidad de crear mundos que habitan en nosotros, de contar historias que nos transforman, y de ofrecernos un espejo donde podamos mirar, con todos nuestros defectos y demonios, el rostro de nuestra humanidad. El regreso de Mafia tiene sus pecados y problemas de optimización, está lejos de ser perfecto, pero podemos decirles que pese a ello, vale totalmente la pena.

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