Casi 40 años han transcurrido desde que The Running Man, novela de 1982 escrita por Stephen King, recibiese su primera adaptación fílmica, en esa ocasión protagonizada por Arnold Schwarzenegger y dirigida por Paul Michael Glaser.
Lo cual es curioso, pues pareciese que no ha pasado tanto tiempo, por una parte, porque la película original ha envejecido muy bien, pero especialmente porque la nueva adaptación de esta novela, de 2025, también llamada The Running Man (El Sobreviviente en Latinoamérica) y dirigida por Edgar Wright, maneja un discurso igual de actual en lo referente a estados totalitarios donde los medios manipulan la percepción pública, favoreciendo un sistema opresivo e insostenible. ¿Pero acaso esto es suficiente para hacer un remake del mítico relato de Ben Richards?
Un remake no remake del clásico de Stephen King
Lo primero que llama la atención en la adaptación de Edgar Wright es lo minucioso que es el guion en adaptar la novela del escritor de Maine. Superando la superficial visión de Steven E. de Souza, quien adaptó la historia de King en la película de 1987, Michael Bacall y Edgar Wright logran asentar el tono, la atmósfera y las personalidades de los personajes de una forma más cercana y, en más de un sentido, profunda.
La historia nos presenta a Ben Richards, un hombre bastante pobre y padre de una hija muy enferma que se ve obligado a participar en el brutal concurso "The Running Man", un programa de televisión donde los prisioneros son cazados por asesinos profesionales llamados "cazadores".
Wright transforma la distopía de Stephen King en un extraño entramado al estilo de Blade Runner, The Fifth Element o Brazil
Mientras en la versión de 1987 el enfoque se centraba por completo en la supervivencia física y el entretenimiento sanguinario como una crítica a la violencia mediática, la adaptación de 2025 no solo conserva esa crítica, sino que también profundiza en el carácter de Ben, manteniendo todo el frenetismo y la acción. Acá lo interesante es como una simple motivación familiar, ausente en la película original, aporta una capa de humanidad que enriquece bastante la trama, otorgándole una mayor profundidad al conflicto del protagonista.
Contradictoriamente, el punto que más se resiente en esta nueva adaptación es el protagónico de Glen Powell, quien lejos está de tener el robótico, pero natural carisma de Arnold Schwarzenegger y quien tampoco destaca por sus capacidades actorales en una cinta donde predomina la farsa.
Lo mismo podríamos decir de Josh Brolin, el rostro del antagonismo (y solo “el rostro”, pues el verdadero antagónico acá es esa masa informe a la que muchos nos referimos como sistema mediático), algo lamentable, pues no es un mal actor, pero su papel se reduce a malo de The Hunger Games, sin una verdadera motivación salvo la de ser el dueño de los medios que busca afianzar su status quo. Pese a estos obstáculos, la película realmente se disfruta, pues el peso no está tan centrado en las actuaciones de estos personajes como en las reacciones que estos provocan en su entorno.
En este sentido, han sido para mí los actores de reparto los que verdaderamente destacan en la cinta, comenzando por Colman Domingo como Bobby "Bobby T" Thompson, el presentador de The Running Man y quien nos ofrece una exagerada, maliciosa y absurdamente divertida interpretación.
La cinta posee una equilibrada mezcla de pulidos efectos especiales y escenas filmadas con efectos prácticos, un foco hasta en los detalles más nimios
Algo muy similar ocurre con Michael Cera, quien apenas tiene unos minutos en la cinta, pero deslumbra con su humor negro y la dirección de Edgar Wright. Y así podríamos seguirnos con William H. Macy, Daniel Ezra o Emilia Jones: buenos actores que, dentro de personajes muy pequeños, nos brindan grandes chispazos de brillantez y humanidad.
La impronta “Edgar Wright”
Fiel a su vibrante estilo, Edgar Wright transforma la distopía de Stephen King en un extraño entramado (sin coches voladores, eso sí) al estilo de Blade Runner, The Fifth Element o Brazil: una urbe posmoderna sucia y saturada, no lo suficientemente lejos de nuestra época no solo en un sentido tecnológico, sino político e ideológico.
El ritmo de la cinta, una odisea de 30 días para Ben Richards, transcurre con soltura y sin sobrecargas narrativas, manteniendo una sucesión orgánica de eventos en donde solo los momentos importantes dentro de la huida de Richards reciben el foco que un filme tan grandilocuente como esta se merece. Y aunque el peso de la narrativa puede sentirse algo fragmentado, la verdad es que Wright resuelve eficazmente la presentación de personajes y conflictos sin necesidad de redundancias o momentos que se sientan innecesarios.
Como retrato de una megalópolis en decadencia, la producción de Paramount ofrece una dirección de arte consistente: con una equilibrada mezcla de pulidos efectos especiales y escenas filmadas con efectos prácticos, y un foco hasta en los detalles más nimios: el diseño de producción es excelente, con sets que se sienten auténticos y vestuarios que ayudan a contextualizar la distopía que tenemos en pantalla.
La película brilla gracias a una dirección dinámica que no deja espacio para el aburrimiento
Por su parte, la música de Steven Price, quien ya había trabajado con Edgar Wright en Scott Pilgrim y Baby Driver, es una de las piezas clave de la película. La banda sonora acompaña perfectamente la atmósfera vertiginosa de la película, brindando una capa más de tensión y dinamismo a las persecuciones y confrontaciones. Un trabajo que se siente contemporáneo, pero a la vez nostálgico, como ocurre con la película misma.
¿Vale la pena El Sobreviviente?
El Sobreviviente de Edgar Wright mantiene todo lo que hace especial al relato original, mientras que lo actualiza a las problemáticas contemporáneas. Y aunque sus actores principales no logran destacar al nivel de los de la película de 1987, esta cinta brilla gracias a una dirección dinámica que no deja espacio para el aburrimiento, con un ritmo constante, una dirección de arte impresionante y una crítica aguda al poder de los medios: en líneas generales, una experiencia tan entretenida como filosóficamente reflexiva.
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