Dying Light: The Beast: parkour y horror sin límites

Probamos Dying Light: The Beast, un survival horror con parkour mejorado, combates brutales y noches aterradoras en un mundo abierto.

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Amamos los juegos de mundo abierto y definitivamente todo lo que tenga que ver con zombis. Por eso, en cuanto Dying Light: The Beast cayó en nuestras manos, no podíamos esperar para probarlo. Desde el inicio sentimos que Techland buscaba dar un paso más allá en la experiencia de supervivencia, combinando brutalidad, exploración y tensión en un escenario inmenso donde cada decisión puede ser la última.

Libertad y parkour perfeccionado

El parkour es uno de los elementos más destacados. Las físicas fueron reajustadas para que la altura y longitud de cada salto se sientan naturales y precisas. No hay rastro de flotabilidad, solo fluidez. Pasamos horas escalando, corriendo y deslizándonos por Castor Woods, un entorno diseñado como un verdadero parque de obstáculos que recompensa la creatividad al movernos.

La sensación de libertad es inmediata. Saltar de un tejado a otro, trepar por muros imposibles y usar cada superficie como punto de apoyo convierte la exploración en un placer constante. Nunca antes habíamos sentido tanta coherencia en los movimientos, y eso nos mantuvo pegados al control sin descanso.

El entorno mismo se siente vivo. Cada colina, cada árbol y cada ruina en el mapa parece pensada para integrarse al flujo del parkour. Esta conexión entre el escenario y el movimiento logra que explorar no sea solo un medio, sino una parte central de la diversión. Además, los ajustes hacen que más superficies sean escalables y el movimiento sea aún más accesible, con un flujo natural que nos invita a improvisar rutas.

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El terror de la noche

Si de día disfrutamos la movilidad, de noche sufrimos el verdadero terror. Las noches en The Beast son intensas y peligrosas. Los Volátiles se vuelven más inteligentes, cazan en grupo y sus movimientos son más amenazantes que nunca. El entorno rural favorece las emboscadas, y más de una vez terminamos atrapados en zonas abiertas donde la oscuridad nos obligó a improvisar.

El audio juega un papel fundamental: pasos en la distancia, gruñidos cercanos y señales de detección nos pusieron los nervios de punta en más de una ocasión. Saber que un enemigo nos acecha solo por el sonido crea una tensión psicológica que nos obligó a replantear cada estrategia nocturna.

La oscuridad es mucho más profunda, y moverse en ella nos hizo sentir vulnerables. Esa dualidad día/noche se convierte en uno de los motores de la experiencia, donde debemos equilibrar exploración y riesgo para sobrevivir. En términos simples: el juego es implacable, y esa exigencia lo hace aún más inmersivo.

Con cada incursión nocturna aprendimos a respetar el reloj del juego. Planificar cuándo salir, qué ruta tomar y qué recursos llevar se volvió tan importante como la acción misma. Basta decir que, luego de cuatro horas, apenas habíamos explorado un 10 % del mapa y ya habíamos muerto varias veces, lo cual no hizo más que aumentar la intensidad de la experiencia.

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Brutalidad y combate visceral

El nuevo motor de físicas se percibe en cada enfrentamiento. Los impactos son pesados, cada arma transmite su fuerza particular y los enemigos reaccionan con una crudeza que intensifica la violencia. El diseño es notable y la intensidad se siente perfectamente medida en cada batalla.

El Modo Bestia llevó la experiencia a otro nivel. En esos momentos sentimos una fuerza incontrolable, capaces de destrozar enemigos con ataques devastadores. La brutalidad primigenia del combate nos sorprendió, no solo por lo espectacular, sino por lo satisfactorio que resulta en el control.

Durante nuestras sesiones, probamos un amplio arsenal de armas cuerpo a cuerpo y de fuego. Cada una se siente distinta, lo que hace que la elección del armamento sea parte de la estrategia y no solo un detalle cosmético.

La variedad de enemigos mantiene los combates frescos. Desde hordas de zombis comunes hasta criaturas más elaboradas, cada encuentro requiere enfoque y recursos. Esa diversidad garantizó que nunca nos confiáramos demasiado.

El mundo abierto de Castor Valley no solo es amplio, también es detallado. La dirección artística logra que incluso en la devastación, cada rincón cuente una historia. Desde pueblos destruidos hasta zonas boscosas llenas de misterio, la exploración se convierte en un viaje constante de descubrimiento. Eso sí, la ausencia de viaje rápido puede hacer que algunos retrocesos se sientan tediosos, aunque también nos obligó a aprovechar mejor el entorno y sus rutas.

El juego también nos sorprendió con su modo cooperativo. Enfrentarnos a los peligros junto a otros jugadores hizo que las victorias fueran más satisfactorias y las derrotas menos dolorosas. La cooperación es más que un añadido: es parte integral de la experiencia.

Finalmente, la música original y los efectos sonoros completan la atmósfera. Cada nota acompaña la tensión, y cada rugido zombi nos recordó que estábamos inmersos en un mundo implacable. La inmersión audiovisual refuerza todo lo que el gameplay propone.

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Tienes que probarlo

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